A veces hay días en los que simplemente algo dentro de una se rompe y ni siquiera sabe por qué. Eso es exactamente lo que me está pasando. No encuentro un motivo claro, pero me siento agotada, como si todo pesara más de lo normal. Incluso la música cambió para mí. Ya no quiero escuchar canciones alegres ni letras que hablen de cualquier cosa; solo quiero música instrumental. Es extraño, porque siempre pensé que la música podía arreglar un poco los días malos, pero ahora solo necesito sonidos que no me obliguen a sentir más de lo que ya siento. Hace poco terminaron las clases y, por una simple coincidencia, estaba cerca de la casa de mi enamorada. Pensé que sería bonito darle una sorpresa y bajar juntas a la universidad por última vez antes de las vacaciones. Era una idea tan sencilla que jamás imaginé cómo terminaría. Mientras caminaba hacia la entrada de su condominio vi a su madre mirando por la ventana. Pensé que no me reconocería. Hacía mucho que no nos veía y yo estaba bastante lejos; cualquiera habría pasado de largo. Pero no fue así. Me reconoció. Al principio solo sentí incomodidad, pero todo empeoró cuando mi enamorada salió y, apenas habíamos avanzado unas cuadras, recibió una llamada de su madre. No pude escuchar todo lo que decía, aunque tampoco hacía falta. El tono de su voz bastaba para entender que estaba molesta. Mientras hablaba, ella trataba de mantenerse firme. Intentaba responder con calma, repetía una y otra vez que no estábamos haciendo nada malo y que solo le había pedido que me acompañara. Aun así, podía ver cómo luchaba por contener las lágrimas. Nunca voy a olvidar esa escena. Mientras la veía hacer un esfuerzo tan grande por no romperse frente a mí, sentí que algo dentro de mí también se rompía. Mi pecho comenzó a doler y aparecieron pensamientos que jamás había tenido con tanta fuerza. Pensé que, si yo hubiera nacido siendo un chico, probablemente su madre me aceptaría. Pensé que no existirían todos esos problemas. Pensé que quizá ella podría vivir más tranquila y que no tendría que esconder una parte tan importante de su vida. Desde ese día esas ideas no han dejado de perseguirme. Nunca había deseado tanto ser alguien diferente, no porque yo quisiera cambiar, sino porque duele pensar que la persona que amas tenga que cargar con tanto solo por estar contigo. Después de aquella llamada ninguna de las dos sabía qué decir. Ni siquiera podíamos mirarnos a la cara. Yo no sabía si hablar del tema o fingir que no había pasado nada. Quizá debía hacerme la desentendida, quizá debía abrazarla, quizá debía decir algo... o quizá guardar silencio era lo único que podía hacer. Al final el camino continuó casi en silencio. Intentábamos hablar de otras cosas, pero mi mente seguía atrapada en esa llamada, en su expresión y en todo lo que había sentido durante esos minutos. Ese día debía convertirse en un bonito recuerdo antes de pasar tanto tiempo sin verla. Quería reír con ella, caminar un rato, abrazarla y guardar ese momento para cuando llegaran las vacaciones. En cambio terminó siendo uno de los recuerdos más tristes que tengo. Cuando regresábamos en el bus me dijo que era mejor que no la acompañara hasta su casa. Su tío la estaba esperando en su paradero y lo mejor era que yo bajara antes. No discutí. Sabía que no podía hacer nada. Antes de bajar me giré para verla una última vez. Estaba llorando. Sentí que el corazón se me hacía pedazos, pero tampoco podía hacer gran cosa. Solo le sequé una lágrima, le di un beso en la frente y bajé del bus intentando no llorar. No sé cómo logré contenerme. Recuerdo caminar con la vista borrosa hasta llegar a mi casa. Ese día decidí no escribirle porque sentía que cualquier palabra se quedaría corta frente a todo lo que estaba sintiendo. Desde entonces algo cambió en mí. A veces siento que todo está bien y, de un momento a otro, vuelvo a recordar ese día. Pienso en todo lo que todavía tendremos que esconder, en el miedo constante de que alguien nos vea y en lo injusto que puede llegar a ser querer a alguien. También me he dado cuenta de otra cosa. Siempre quise tener amigos como los de las películas; de esos que aparecen sin que los llames, que notan cuando algo no está bien aunque sonrías, que saben escuchar sin juzgar y que se quedan incluso cuando no saben cómo ayudarte. Personas con las que puedas guardar silencio sin que resulte incómodo y que, aun así, entiendan exactamente lo que llevas dentro. Nunca tuve a alguien así. Tengo conocidos, conversaciones pasajeras y personas con las que me llevo bien, pero cuando la tristeza pesa de verdad descubres lo enorme que puede llegar a ser la soledad. Supongo que solo queda seguir adelante. Con la esperanza de que algún día las cosas sean más sencillas, de que amar deje de sentirse como algo que deba esconderse y de que, cuando vuelva a leer estas palabras, todo esto sea solo un recuerdo lejano.
By YoDelFuturo ®
Haz click aqui para escribirte mas cartas.
A veces hay días en los que simplemente algo dentro de una se rompe y ni siquiera sabe por qué. Eso es exactamente lo que me está pasando. No encuentro un motivo claro, pero me siento agotada, como si todo pesara más de lo normal. Incluso la música cambió para mí. Ya no quiero escuchar canciones alegres ni letras que hablen de cualquier cosa; solo quiero música instrumental. Es extraño, porque siempre pensé que la música podía arreglar un poco los días malos, pero ahora solo necesito sonidos que no me obliguen a sentir más de lo que ya siento. Hace poco terminaron las clases y, por una simple coincidencia, estaba cerca de la casa de mi enamorada. Pensé que sería bonito darle una sorpresa y bajar juntas a la universidad por última vez antes de las vacaciones. Era una idea tan sencilla que jamás imaginé cómo terminaría. Mientras caminaba hacia la entrada de su condominio vi a su madre mirando por la ventana. Pensé que no me reconocería. Hacía mucho que no nos veía y yo estaba bastante lejos; cualquiera habría pasado de largo. Pero no fue así. Me reconoció. Al principio solo sentí incomodidad, pero todo empeoró cuando mi enamorada salió y, apenas habíamos avanzado unas cuadras, recibió una llamada de su madre. No pude escuchar todo lo que decía, aunque tampoco hacía falta. El tono de su voz bastaba para entender que estaba molesta. Mientras hablaba, ella trataba de mantenerse firme. Intentaba responder con calma, repetía una y otra vez que no estábamos haciendo nada malo y que solo le había pedido que me acompañara. Aun así, podía ver cómo luchaba por contener las lágrimas. Nunca voy a olvidar esa escena. Mientras la veía hacer un esfuerzo tan grande por no romperse frente a mí, sentí que algo dentro de mí también se rompía. Mi pecho comenzó a doler y aparecieron pensamientos que jamás había tenido con tanta fuerza. Pensé que, si yo hubiera nacido siendo un chico, probablemente su madre me aceptaría. Pensé que no existirían todos esos problemas. Pensé que quizá ella podría vivir más tranquila y que no tendría que esconder una parte tan importante de su vida. Desde ese día esas ideas no han dejado de perseguirme. Nunca había deseado tanto ser alguien diferente, no porque yo quisiera cambiar, sino porque duele pensar que la persona que amas tenga que cargar con tanto solo por estar contigo. Después de aquella llamada ninguna de las dos sabía qué decir. Ni siquiera podíamos mirarnos a la cara. Yo no sabía si hablar del tema o fingir que no había pasado nada. Quizá debía hacerme la desentendida, quizá debía abrazarla, quizá debía decir algo... o quizá guardar silencio era lo único que podía hacer. Al final el camino continuó casi en silencio. Intentábamos hablar de otras cosas, pero mi mente seguía atrapada en esa llamada, en su expresión y en todo lo que había sentido durante esos minutos. Ese día debía convertirse en un bonito recuerdo antes de pasar tanto tiempo sin verla. Quería reír con ella, caminar un rato, abrazarla y guardar ese momento para cuando llegaran las vacaciones. En cambio terminó siendo uno de los recuerdos más tristes que tengo. Cuando regresábamos en el bus me dijo que era mejor que no la acompañara hasta su casa. Su tío la estaba esperando en su paradero y lo mejor era que yo bajara antes. No discutí. Sabía que no podía hacer nada. Antes de bajar me giré para verla una última vez. Estaba llorando. Sentí que el corazón se me hacía pedazos, pero tampoco podía hacer gran cosa. Solo le sequé una lágrima, le di un beso en la frente y bajé del bus intentando no llorar. No sé cómo logré contenerme. Recuerdo caminar con la vista borrosa hasta llegar a mi casa. Ese día decidí no escribirle porque sentía que cualquier palabra se quedaría corta frente a todo lo que estaba sintiendo. Desde entonces algo cambió en mí. A veces siento que todo está bien y, de un momento a otro, vuelvo a recordar ese día. Pienso en todo lo que todavía tendremos que esconder, en el miedo constante de que alguien nos vea y en lo injusto que puede llegar a ser querer a alguien. También me he dado cuenta de otra cosa. Siempre quise tener amigos como los de las películas; de esos que aparecen sin que los llames, que notan cuando algo no está bien aunque sonrías, que saben escuchar sin juzgar y que se quedan incluso cuando no saben cómo ayudarte. Personas con las que puedas guardar silencio sin que resulte incómodo y que, aun así, entiendan exactamente lo que llevas dentro. Nunca tuve a alguien así. Tengo conocidos, conversaciones pasajeras y personas con las que me llevo bien, pero cuando la tristeza pesa de verdad descubres lo enorme que puede llegar a ser la soledad. Supongo que solo queda seguir adelante. Con la esperanza de que algún día las cosas sean más sencillas, de que amar deje de sentirse como algo que deba esconderse y de que, cuando vuelva a leer estas palabras, todo esto sea solo un recuerdo lejano.
By YoDelFuturo ®
Haz click aqui para escribirte mas cartas.